Contribución al libro de fotografías Memoria Perdida de Miquel González

 

La desaparición forzada es el delito más terrible que se puede infligir a un ser humano y sus derechos inalienables. Forzar a alguien a desaparecer no solo significa arrebatarle a una persona su vida sino también arrancar a esa persona de la vida misma. Es un crimen que se extiende más allá de la muerte misma —y siempre necesita un cómplice: el silencio, esa hermana siniestra del delito. Los desaparecidos se encuentran en tierra de nadie, un lugar que no pertenece ni al reino de los vivos ni al de los muertos. Las fotografías de Memoria perdida captan esa tierra de nadie que ha sido España desde la guerra civil. La belleza de los escenarios se ve traicionada por los crueles acontecimientos que estos paisajes han presenciado. La tranquilidad y la amplitud de las imágenes dejan espacio para la imaginación: oír los camiones en los albores de la mañana. Oír los disparos. Oír el silencio de aquellos que han quedado atrás.

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Los legados de cualquier dictadura son paisajes contaminados, concepto que desarrolló el escritor y periodista germano-austriaco Martin Pollack, descendiente de un criminal nazi. La idea de paisaje es una idea romántica asociada a nociones culturales de belleza y contemplación. El paisaje contaminado, por el contrario, es un territorio cubierto, emborronado, abarrotado de miles y miles de muertes invisibles. La contaminación no consiste en la presencia de cadáveres, literalmente. Consiste en no garantizarles una sepultura digna. Se desarrolla además un efecto tóxico en la sociedad, que es la ausencia de recuerdo. Es el anonimato de las víctimas, a las que se les ha negado su dignidad humana más allá de su muerte. Es el silencio que se cierne sobre los crímenes y las víctimas.

El silencio nunca es neutral, nunca pasivo. El silencio es una acción, el silencio es un abismo, tiene una parte oscura y malvada en sí mismo. Es algo más que simplemente la omisión de ayudar a alguien en peligro y necesitado. Es la complicidad. Aun peor, la complicidad forzada sobre aquellos que son víctimas en ese otro sentido, los supervivientes que tienen que seguir viviendo con un sentimiento de culpa, bajo la represión, con temor por sus propias vidas. Hay una imagen en esta serie que capta perfectamente la brutalidad de ese tipo de silencio. Muestra el sótano de una casa rural en Villalibre. ¿Adónde conduce esa puerta cerrada? ¿Qué horrores esconde al otro lado? Instantáneamente uno busca agujeros de bala en las paredes de yeso derruidas, pero no los hay. Esa puerta verde representa la silenciosa destrucción de una familia con un hijo, todavía menor de edad, que es golpeado brutalmente hasta su muerte, con un padre que se suicida; con otro hijo que se esconde de por vida —y más allá de la muerte— en el sótano de su casa, y con una hermana superviviente que jamás se atrevió a contar la historia.

El silencio tiene el rostro de Jano, el dios romano de dos caras, que mira tanto al pasado como al futuro. Jano, dios de los comienzos, transiciones y finales, el guardián de las puertas, accesos, pasajes. Las puertas a su templo permanecen abiertas durante la guerra, cerradas solo significan una cosa: la paz. Durante la paz bajo el mandato del dictador Francisco Franco, que no era más que la continuación de la guerra desde otro punto de vista, las puertas a la memoria estuvieron cerradas. El silencio cubría los crímenes, el duelo no tenía ni voz ni lugar, y los testigos y supervivientes callaban sus experiencias. El 1 de abril de 1939, Franco no celebró la paz, ni el final de la guerra, sino el día de su victoria. Condenó a su país a un régimen de terror y a sus compatriotas a desaparecer a millares. Los supervivientes se escondieron en las sombras.

El silencio es parte de la contaminación de un territorio tanto como lo es de un trauma, y de los efectos duraderos del terror que atemoriza, desmoraliza y desbarata aquellos que todavía están ahí para contar sus historias. El silencio crece en el interior de uno mismo y es impuesto por otros, es una espiral sin fin que permanece más allá del régimen en sí. Hay que continuar viviendo. Hay muertos sin nombre y familiares abatidos sin un lugar en el que llorarles. La gente se acomoda con lo que queda y lo que se ha perdido. Viven, sin techo, en versiones soportables de la historia. Hay ganadores escandalosos, verdades oficiales y mentiras oficiales que se repiten hasta que se convierten en hechos. Hay perdedores que, tal vez, con el tiempo, cuenten sus historias tras una puerta cerrada, susurrando aun teniendo esas modernas ventanas insonorizadas. Las fotografías de esta serie captan con gran dignidad y discreción el silencio que reina en estos espacios entre la vida y la muerte, el pasado y el futuro, la violencia y el duelo, y quizás algún día, la justicia.

¿Qué crece en un paisaje granado de fosas comunes? Crece la desconfianza. Miras a un árbol, a un campo, y te preguntas: ¿Cómo pueden yacer tantos cuerpos ahí? Hay huecos en el imaginario, como lagunas en la memoria. La imagen del campo de concentración de Castuera muestra un pedestal, y lo que no está ahí se consolida en la imaginación. En Montearenas, las fosas comunes, los restos humanos y las biografías se perdieron en la construcción de la autopista A6, pero surgen regueros cayendo por los muros, como si de lágrimas se tratara, como si la tierra misma hubiera aceptado la tarea de llorar esas muertes. La construcción de molinos de viento para generar energía también trae consigo la aparición, y desaparición, de fosas comunes, especialmente en campos de batalla históricos, como el del Ebro. La imagen de Raïmats, La Fatarella, cerca de Tarragona, muestra los restos de una trinchera de la guerra civil que contenía el cuerpo de un brigadista italiano en primer plano. También muestra una hilera de molinos de viento en el horizonte. De pronto uno se encuentra ante una imagen que capta la esencia cultural e histórica de España ya que, por supuesto, los molinos de viento se asocian a Don Quijote, lo más español de los españoles. Por tanto, esta escena conecta épocas diferentes y alberga lo mejor y lo peor de España, el universo de la literatura española desde Cervantes a Lorca y la guerra civil. Vemos un paisaje árido y nos apercibimos del hambre de energía de la sociedad moderna. Vemos los restos de la guerra civil y advertimos esa España contemporánea que atrae a viajeros de todo el mundo y sobre la que las instituciones europeas hacen la vista gorda en términos de memoria política y derechos humanos.

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Después de la muerte de Franco en 1975, tuvo que pasar el tiempo de más o menos una generación antes de que los nietos de la guerra rompieran ese pacto de silencio. A finales del siglo pasado los jóvenes superaron el miedo de sus padres y abuelos. Empezaron a preguntar, empezaron a investigar. Estos buscadores de la verdad son el vis-à-vis que las historias ocultas necesitan para emerger: alguien que las quiera saber. En La escritura o la vida, Jorge Semprún menciona las características que son indispensables en los que escuchan para que los supervivientes puedan hablar de lo que pasó. Hoy, en España, una generación entera ha alcanzado la madurez que satisface los requisitos de Semprún y que recupera la memoria histórica de España con paciencia y pasión, empatía y sinceridad. Son una generación sin miedo. En España, literalmente, significa sin miedo al contacto: se arremangan y se arrodillan para cavar y ensuciarse las manos.

Durante al menos veinte años, diversas asociaciones civiles han estado investigando, exhumando y recuperando a las víctimas de la dictadura de Franco. Identifican los restos humanos y los devuelven a sus familias para su sepultura. Historiadores, arqueólogos y forenses, periodistas y fotógrafos recuperan a las víctimas anónimas de Franco, que son en verdad personas con nombres e historias. Establecen su actividad y sus voces en contra de la resistencia de los poderosos que quieren que estos crímenes permanezcan sin resolver y a veces también en contra de la oposición de personas del bando de los perdedores que todavía no pueden, que todavía tienen miedo —de los de fuera y de los de dentro. Estos activistas voluntarios trabajan contra el tiempo, ya que los testigos directos de aquella época están muriendo uno tras otro y el silencio final y definitivo acecha justo a la vuelta de la esquina. Todas estas actividades representan una intrusión forense en la historia, ese territorio inexplorado, y una penetración arqueológica del silencio. Satisfacen el imperativo ético de preservar y perpetuar la memoria. Cuestionan la cultura del olvido, de la censura y de la autocensura, y desenmascaran los eufemismos de un lenguaje de limpieza y ocultación. Estas personas están dispuestas a descontaminar un país entero, si les dejan.

No siempre, pero muy a menudo la tierra tiene las respuestas. Los supervivientes necesitan la verdad para hallar la paz con sus propias historias y las de sus familiares. Es un proceso doloroso y psicológicamente muy exigente. Huesos, historias, secretos, conflictos, heridas, todo se saca a la luz del día. Algunas exhumaciones son como un ritual purificador. En muchos casos es una experiencia liberadora tras la cual los descendientes de las víctimas recomponen su verdad. Han pasado la vida entera junto a una mentira, con verdades falsas, bajo un silencio tóxico. Las exhumaciones rompen la férrea asociación entre el crimen, el silencio y la contaminación, y permite a los descendientes liberarse de una complicidad impuesta. Sobrepasan la fragilidad del presente y se lanzan al futuro. Esto significa que Jano ha girado su cabeza. Después de la determinación de los años setenta y ochenta de mirar hacia el futuro y después de un último golpe que no dejó nada en claro, la perspectiva al menos se ha invertido. La mirada de muchas personas se fija ahora en el pasado y, por fin, cuentan sus historias. La herencia tóxica siempre transita por debajo de la superficie. Solo hablando de lo que pasó, solo recordando puede construirse el futuro, puede labrarse el campo y hacer crecer una sociedad fuerte y grande.

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El proyecto se llama Memoria perdida. Pero eso es solo una primera impresión. Acérquese. La tipografía sugiere una lectura adicional: Memoria | Pérdida. Recuerdo | Duelo. La conexión entre estos binomios nos conduce a un tercer aspecto. Algunos de hecho recuerdan. Otros siempre han recordado. Después de todo, así como este trabajo es una declaración en contra de la amnesia de la sociedad española, también rinde homenaje a la memoria de aquellos perdidos, los asesinados y los desaparecidos, y a aquellos que nunca han dejado de recordar.

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La memoria nos posiciona en el universo. Aquellos que recuerdan son capaces de vivir en el presente, mientras que aquellos sin memoria no encuentran su lugar en ningún sitio. Es por ello que este libro cierra con uno de los lugares más horribles y, al mismo tiempo, más esperanzadores. La última imagen es una panorámica de la ciudad de Barcelona con el Fossar de la Pedrera en primer plano. El Fossar fue un lugar de asesinatos masivos desde el comienzo de la guerra civil hasta 1952. Hoy forma parte del parque del Mirador del Migdia y es un lugar para la memoria, uno de los pocos lugares en esta serie en los que la memoria ha sido institucionalizada. La imagen se ha tomado desde un punto de vista elevado y describe el Fossar, un barranco más allá de Barcelona y por debajo de su necrópolis, ante una ciudad que despierta al alba. En la parte derecha del barranco, parcialmente escondidas por matorrales, se hallan unas pequeñas piedras y unas placas en el suelo, recordando a las víctimas de la guerra en España y a las consiguientes campañas de asesinatos, así como a los miembros de las brigadas internacionales. Al otro lado se encuentra un monumento a las víctimas del nazismo entre 1939 y 1945. Hay estelas con cientos de nombres, y hallamos también una placa en memoria de los demócratas catalanes, así como una Piedad con una inscripción reclamando justicia. Invisible en la imagen, escondido tras los árboles, se localiza el monumento al antiguo presidente de Cataluña, Lluís Companys, muerto a tiros, como tantos compatriotas anónimos, en Monjuïc. Este lugar de memoria es completamente diferente al Barcelona Fórum, un lugar para el olvido, en el que las huellas de la historia yacen cubiertas bajo una sólida capa de hormigón. Esta foto, una vista de la metrópolis que despierta con las luces de la ciudad como miles de estrellas, es la pieza más optimista del libro. Con un poco de suerte muestra el camino hacia un futuro más brillante para España, una sociedad decidida a recuperar su memoria.

 

Traducción Daniel Duart